divendres, 2 de gener de 2009

Calor humano. Caribe colombiano.

Nuestra última etapa en Sudamérica fue en Colombia. Nos acercamos hasta allí buscando conocer un país del que casi todos los viajeros que habíamos ido encontrando por el camino nos hablaban maravillas. En nuestra mente lo que deseábamos era sol y playa por unos días. De hecho, muchos nos habían contado que el caribe colombiano era como un paraíso, y teníamos que comprobarlo.

Si bien es cierto que al llegar allí, concretamente a Taganga, al ladito de Santa Marta, logramos justo lo que queríamos, es decir, calorcito, sol, unas playas magníficas y un mar que invita a que te zambullas en él todo el día. No es menos cierto que, pese al evidente magnetismo de este publecito de pescadores, es difícil encontrar un verdadero paraíso terrenal que encaje en el imaginario que cada uno de nosotros tenemos formado en la mente. En realidad, y después de haber tenido la suerte de visitar lugares tan bonitos, de forma casi consecutiva, nos queda bastante claro que para encontrarlo no hay que ir muy lejos ya que normalmente se encuentra en nuestra capacidad para disfrutar de los instantes, allí donde te encuentres.

En Taganga, sin querer desmerecer su belleza, pero reconociendo que hemos visto zonas costeras más hermosas, en especial en Brasil, conseguimos aprovechar el momento gracias a la buena onda que encontramos. Y eso sucede cuando te topas con personajes singulares como el Abuelo (o Grand Father para los gringos), un pícaro tagangero, vividor de una vida difícil y con el que establecimos una relación de afecto caritativo. Él supo aprovecharla con dignidad y respeto hacia nosotros, pasando del voy a aprovecharme inicial a la protección delante de posibles nuevos pícaros, como salvaguardando su posición. Nosotros la fomentamos conscientemente pues su compañía nos permitió entender de forma mucho más rápida y clara dónde nos encontrábamos, pese a que nos costó algún bocadillo. Se creó un lazo bien curioso, lástima que el último día no nos pudimos despedir. También conocimos a Wara, un artesano, poeta, músico y cuenta cuentos, desplazado a la fuerza de su hogar, junto a su familia, por los paramilitares. Además de explicarnos en primera persona algunas de las consecuencia de un conflicto que ya dura más de 40 años y hacernos comprender un poco mejor la complejidad de esta contienda enquistada, nos amenizó con su arte muchas de las veladas sobre la playa a la luz de la luna y con la compañía de unas cervecitas o una botella de ron.

En Taganga hemos descubierto que la brisa es algo más que una corriente de aire suave. Puede tener muchas intensidades, pero siempre será “la brisa”, aunque se caigan los árboles o las puertas se cierren con furia. Es un viento que se forma en la Sierra Nevada donde, según dicen, se hallan las montañas con nieves eternas que están más cerca del mar de todo el mundo. En esa zona, pasas de 0 a más de 5.500 metros en sólo 150 km; casi casi de Fórmula 1. Lo mejor es que la brisa que se forma en las alturas llega cada día a la costa, temperando el clima, endulzándolo, y permitiendo que las noches sean ideales para dormir a pierna suelta y que el sol no te agobie mucho durante el día. Desde Taganga aprovechamos para ir a visitar el Parque Nacional de Tayrona, donde se encuentra la antigua Ciudad Perdida y lugar en el que residía un etnia del mismo nombre que el parque. Allí descubrimos cuán corruptos pueden ser los policías colombianos que por suerte se venden por un plato de lentejas. El camino hasta el parque por la selva fue sin duda una experiencia bastante fangosa y húmeda en la que esperábamos avistar o oír a monos aulladores, titís o tucanes. Pero nada de nada; tenemos la negra con las bestias. Nos llevó hasta unas playas repletas de turistas y veraneantes colombianos, hasta el punto de que tuvieron que cerrar el parque por estar full. Allí experimentamos lo que es dormir en una hamaca, algo para hacer una sola vez, ya que acabas con el cuerpo en forma de sonrisa. Tayrona es un lugar realmente bonito, pero recomendamos visitarlo en temporada baja.

Cuando ya nos habíamos adaptado al ritmo de vida caribeño de Taganga, aquél que te mece sin prisas y hasta el hastío en la hamaca del porche. Cuando empezamos a conocer a medio pueblo, tanto sus perfiles buenos como los no tan buenos, y justo en el día de noche vieja, nos fuimos hacia Cartagena de Indias. Sin duda alguna fue un error, no muy grave, pero error al fin y al cabo. No tanto porque la ciudad no merezca una visita, sino porque allá no encontramos lo que al final hace que un lugar sea mucho más que eso: el calor humano.

En cualquier caso, Cartagena, como ciudad, bien vale una visita. Su casco antiguo es de una belleza extraordinaria. En un ranking de todas las ciudades coloniales que hemos visitado quedaría muy arriba, pero pese a estar en el corazón del Caribe no encontramos eso que en Sudamérica se repite constantemente: buena onda. Tampoco nos topamos con la mala onda, simplemente no nos llegó al corazón. Un ejemplo que ilustra esta desazón, es que después de pasar un fin de año atípico, en un restaurante argentino excelente, en compañía de unos italianos que casualmente nos encontramos allí después de haberlos conocido en Taganga, nos fuimos a una pequeña discoteca delante del puerto, antiguamente negrero, de Cartagena. Por primera vez en 8 meses, y en este continente, y después de haber pagado religiosamente nuestra entrada, nos la denegaron. El motivo: ambos íbamos con pantalones piratas. Si Sir Francis Drake, que sitió durante 160 días esta ciudad, levantase cabeza, no entendería nada. En definitiva, Cartagena es una de las ciudades más “posh” o pijas a nivel turístico que hemos conocido por estas latituds.

Sin demasiado tiempo para vivirla, nos embarcamos en el último autobús de nuestro periplo americano y seguramente del viaje. ¡Por fin!. Seguramente fue uno de los peores recorridos.20 horas hasta Bogotá en un bus decente pero donde íbamos bastante apiñados y con el aire acondicionado a toda pastilla. Nos nos pusimos malos gracias a un pareo salvador de Marta que nos cubría a duras penas. En Bogotá, nos alojamos en la Candelaria, un barrio bien bonito que vale la pena echale un vistazo, aunque no tuvimos demasiado tiempo. En fin, que de Colombia nos queda la sensación de haber pasado por encima pero de ser un país con gente muy amable y cercana. Esperamos volver en el futuro para dedicarle más tiempo y explorarlo antes de que las hordas de turistas se apoderen de él, cosa que ya empieza a pasar.

Fotos:

1 comentari:

Mireia i Marc ha dit...

tius tius tius...
Heu donat en el clau! Ara mateix estem a Seam Reap preparats per entrar a Angkor. I si, no sabiem si fer 1,2 o 3 dies, aixi que el vostre comment ens ha fet decidir per agafar la promoció de 3 dies.Sobre l'Hotel no l'hem buscat gaire, doncs ja estavem allotjats, però merci de totes formes. Nosaltres per ara no tenim info de Colòmbia per passar-vos. ;-)

Bueno, a veure si ens veiem per Àsia doncs al final anirem 25 dies a Tailandia. Vosaltres hi aneu al final? El tema està tranqui i per aquí tothom diu que "no problem". El MAEC tampoc diu res raro...

Bueno, moltes gràcies pels savis consells i a seguir disfrutant!!!

Un abrasu,
M&M